Demencia
>> viernes, 15 de enero de 2010
Cuando estas ausente te pienso y adivino, intuyo y sigo pensando en ti. Estando solo, trato de cuanto no quiero, padecer esta soledad en mi cuerpo. En ese rincón acurrucado de la siniestralidad al ver una luz que se marchita a mi alrededor.
Estar solo, abandonándose al reino del silencio, lleno de catedrales húmedas las cuencas de mis ojos, coartada mi libertad, hablándote sin vernos.
Escucharte sin comprenderte sin entendernos. Temiendo los mayores fracasos del destino, la sinrazón habita mis pensamientos con románticos recuerdos fugaces de un pasado cercano. Obviando la alianza de la naturaleza que impide sentirme mal, infeliz en mi cavidad.
Desnudas las rosas exentas de fragancia, inertes en un jardín de piedras musgosas como cuerpos desnudos, discapacitados en la quietud que antecede a la desgracia del incendio del odio. En el jardín del azar donde se sortea la desgracia y la fama, el desaliento y la gloria cercana. Como blancos lirios apagados sujetados en sus varas bamboleadas por la caricia del olvido.
Recuerdo así, nuestros cuerpos desnudos, en un lazo sobreviviendo alimentados por el mana del amor, del afecto. Como si la juventud morase eterna en ellos, incapaz de abandonarnos, viviendo junto a la pasión de un fuego mucho más que eterno, mucho más que humano, cercano al Olimpo de dioses aún no creados.
¿Cómo expresarme ahora en la ausencia de tu espíritu? Trato de recordarte despacio para que no desaparezcas de mi imaginario, temeroso de espantar tu olor a canelas y romero, tu tacto y la luz de tu mirada. ¿Qué secretos guardamos tan grandes, para ser envidiados por los dioses? El destino, que final trágico fue, que te arranco de mi cuerpo.
Esa ausencia que pesa y pasa rotunda, como procesión de ejércitos de grandes imperios, que hoy me guarda encerrado, amedrantado de dolor. Consumimos tan rápido el amor que se extinguió y ahora he de vivir desdibujado en el murmullo de un arroyo seco. Este pacto injusto de la vida que me abandona, lejos de tu cuerpo, ahora ausente, por caprichos del destino avaro que me condena.
Pese a que espero tu regreso, pese a que no regresaras, cuál será mi incierto destino. Reducida mi existencia al onírico desvarió de mis pensamientos. En una gota de lucidez que riega mis sentidos ahora recuerdo.
Tu largo cabello y el tacto de tu piel, aquellos ojos almendrados cerrados y un tul sin vida habitando tu cuerpo. Ahora en un instante vino la verdad insondable galopando a mi memoria. Recordando tu último suspiro de vida que te elevo calmada al templo de la eternidad dejándome habitando la ausencia fría de los días inconexos.
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